Dice el escritor japonés de libros infantiles, Taro Gomi, Todos hacemos caca (Kane/Miller Book Publishers, EEUU, 1997). Esto viene a cuento porque, como lo comentamos la semana pasada, está transcurriendo el Año Internacional del Saneamiento. Y saneamiento se refiere al manejo de residuos de la actividad humana, específicamente, a los del proceso digestivo.
Al pensar en las acciones que realizadas por la ONU, la OMS, UNISEF y similares (pero no las farmacias), para mejorar las condiciones higiénicas en el mundo, saltan a la mente imágenes dramáticas de África, como las de esos infomerciales donde Ricardo Montalbán invitaba al desvelado público televidente a patrocinar a uno o varios niños. A mi, además, me vienen a la mente los relatos de mi amiga Deb, quien realizaba su investigación doctoral en Camerún. Deb cuenta que para bañarse había un cuartito de madera separado de la casa, con un boquete en el piso por donde drenaba el agua. Lo peculiar de esas instalaciones sanitarias era que para ir al baño lo único que tenían que hacer era ponerse en cuclillas y hacer su mejor esfuerzo por atinarle al ya mencionado boquete. Esta imagen, por ser remota, puede sonar graciosa, sobre todo si consideramos que Deb siempre se iba a Camerún con botas nuevas y evitaba a toda costa “estrenarlas” en el ejercicio del deber.
Sin embargo, las deficiencias en materia de saneamiento nos son más cercanas de lo que nos gustaría admitir y sus implicaciones son más serias de lo que quisiéramos saber. Por ejemplo, según el Conteo Nacional de la Población que realizó el INEGI en el 2005, casi siete millones de mexicanos no cuentan con un escusado. A ellos se suman otros diez millones y medio cuya tecnología para disponer de los residuos no tiene entrada de agua. En nuestro Estado la cosa se complica porque veinte por ciento de los casi cuatro millones de michoacanos se encuentran en uno de los supuestos anteriores.
La disposición de residuos digestivos se convierte, pues, en un tema de salud pública, sobre todo donde se practica el fecalismo al aire libre. El efecto más directo es que la población está expuesta a una amplia gama de enfermedades de transmisión fecal-oral. La semana pasada estaba viendo un programa sobre el Día Mundial del Agua en el que decían que la mitad de las infecciones en el mundo se deben al consumo de agua contaminada, precisamente, por enterobacterias. A juzgar por ciertos hallazgos bastante comunes cuando uno sale a caminar en los alrededores de Morelia, se podría pensar que este problema se restringe o por lo menos es más evidente en un contexto rural. Pero la realidad es otra.
Las ciudades, por muy urbanizadas que estén (aunque suene redundante, no lo es, por lo menos no completamente), también tienen su lado inmundo. Por ejemplo, estudios realizados en la Ciudad de México por el grupo de la Dra. Irma Rosas, del Centro de Ciencias de la Atmósfera de la UNAM, han revelado evidencias clarísimas de fecalismo al aire libre. Los investigadores no sólo encontraron enterobacterias en todos los confines del D.F., sino que descubrieron que la abundancia de estos bichos es sustancialmente mayor adentro de las casas que en la calle. Es más, hay quienes afirman que si las heces brillaran en la oscuridad, la Ciudad de México no necesitaría electricidad para iluminar sus calles en la noche.
Las causas de que los investigadores encontraran una mayor presencia de bacterias adentro de las viviendas que afuera no fueron completamente resueltas. Pero a mi me late que un factor importante es esa práctica, muy arraigada en nuestro país, de depositar el papel usado en un bote en lugar de en el retrete. Las moscas comen de todo, pero sus platillos favoritos son la carne en descomposición y las heces. Si una mosca logra colarse en una vivienda con bote papelero, seguramente hará multiples viajes entre la cocina, donde está la comida, y el baño, donde está el postre. De manera que, en realidad, se está creando una situación de fecalismo al aire libre, pero bajo techo.
Cuando debatimos este tema con algunos amigos, sobre todo cuando vienen de visita a mi casa, su argumento más frecuente para separar el papel es el de que se tapa el w.c. si se manda al caño. Lo peor es que, como una profesía apocalíptica, varias veces se ha tapado el baño cuando visitan estos cuates. Pero esto se debe a que las instalaciones sanitarias están diseñadas para mover los proverbiales tres cuadritos ¡y no medio rollo! No voy a revelar identidades, pero you know who you are!
Como el papel higíenico promovido por un cachorro de labrador, este rollo trae muchas hojas y tendremos que aguantarnos una semana las ganas de discutir el argumento ambiental que esgrimen las visitas separadoras de papel higiénico. Mientras los lectores digieren la presente entrega, les invitamos a visitar el blog en ecolibrios.com (sí, también funcina sin la www) y a depositar sus comentarios sobre la materia de hoy. En el blog también encontrarán ligas a los materiales que fueron consultados por esta columna, que ya se hace... tarde.
sábado 29 de marzo de 2008
sábado 22 de marzo de 2008
¡Aguas!
En 1993 la Asamblea General de las Naciones Unidas estableció al 22 de marzo como el Día Mundial del Agua. Además, como el 2008 fue designado Año Internacional del Saneamiento (es decir, para ejecutar acciones que mejoren las condiciones de salubridad de la población mundial), los actos protocolarios tuvieron que ver con el saneamiento del agua.
Si fuera el Año Internacional del Ahorro de Recursos Naturales me sería más fácil promover la agenda de la ecofisiología vegetal como la mejor herramienta para salvar al mundo. Y es que la agricultura es el mayor consumidor de agua. Esto se debe a que los diferentes procesos involucrados (la extracción, el transporte, el riego y su uso por las plantas que eventualmente nos comemos) son muy ineficientes y siempre se desperdicia mucha más agua que la que en realidad se aprovecha. Pero esto da para mucho texto y será tema de otras entregas de Ecolibrios.
Los temas del agua y del saneamiento saneamiento juntos traen a la mente ese canal de perros muertos que corre a lo largo del Blvd. Solidaridad. En noviembre pasado voté de mala gana, de tan chafas que estuvieron los candidatos y sus propuestas. En lugar de megavialidades que atraviesen conocidas fallas geológicas de Morelia o cibercafés dizque para pobres ¡donde de todas formas van a cobrar!, me habría encantado ver un plan para el saneamiento del Río Chiquito. Ese podría ser un paseo muy bonito para los fines de semana y una zona comercial muy agradable para ir a pie. Pero, considerando el estado del río, sería muy interesante conocer la geografía local de enfermedades por enterobacterias y contrastarla con los patrones del viento. Pero mejor unámonos a los regocijos estatales y municipales por la entrada de nuevos funcionarios y autoridades y esperemos que se les prenda el foco.
Como estamos de vacaciones, mejor pasemos a un tema más alegre. Hace como cuatro años en la temporada inaugural del programa Bullshit! del canal Showtime, los anfitriones Penn y Teller tocaron el tema del agua embotellada, una industria que genera más de 4,000 millones de dólares en Estados Unidos nada más. En ese país la calidad del agua embotellada la vigila la dependencia de gobierno encargada de la comida y las medicinas (FDA, por sus siglas en inglés). En cambio, la calidad del agua de la llave (que le cuesta al consumidor como 100 veces menos) la vigila la dependencia encargada de la protección ambiental (EPA). Las normas que vigila la FDA son más bien estándares establecidos por la industria del agua embotellada, las cuales son violadas todo el tiempo. Además existe un vacío en la legislación que permite que el agua que se embotella en cierto estado, pueda ser vendida en el mismo estado sin pasar por una inspección. En cambio, el agua de la llave, vigilada por la EPA, recibe mucha atención y tiene estándares de calidad muy estrictos.
Lo más interesante del mencionado programa fue un experimento no-científico que hicieron en un restorán para gente acaudalada de una ciudad del sur de California. Disfrazaron a un actor de experto en aguas embotelladas del restorán, quien iba y le vendía marcas exclusivas a los clientes que se dejaran. Las marcas iban desde Mount Fuji y Amazon (su lema era “Agua de lluvia del Amazonas” y la botella contenía una araña ahogada a la que el actor atribuía supuestas propiedades medicinales), hasta L'eau du Robinet (“agua de la llave” en francés) y Agua de Culo (creo que no necesita explicación, pero el nombre es muy pertinente para la celebración del saneamiento del agua). Pero todas esas botellas fueron llenadas en el jardín del restorán con agua de la misma llave. Los clientes dijeron que estaban buenísimas las aguas, cuyo precio podía alcanzar más de cinco dólares por botella.
Una de las conclusiones importantes de ese programa fue que el negocio del agua embotellada es buenísimo para las industrias. Por ejemplo, las grandes refresqueras nos venden más cara el agua que el refresco ya preparado. Eso es una estafa a la que se añade la agravante de que muchas de esas botellas vacías terminan tiradas por doquier. Aquí bastaría asomarse al Río Chiquito, por ejemplo.
En México, donde no siempre es recomendable consumir agua de la llave, la estafa del agua embotellada se magnifica porque somos clientes cautivos de estas compañías. Estuve buscando información sobre el estado del agua embotellada en nuestro país pero, aunque estamos en días de penitencia, siento que no he pecado lo suficiente como para merecerme leer la legislación del sector. Sin embargo, encontré la reseña de un estudio de la PROFECO que concluyó que la calidad sanitaria del agua embotellada dejaba mucho que desear hace doce años y que, en todo caso, convenía más hervir el agua de la llave, la cual es 6,000% más barata.
Mientras esta hidrofílica columna toma un descanso para hidratarse, invitamos, como siempre, a los amables lectores a navegar hasta el blog en www.ecolibrios.com y, a manera de penitencia, vertir sus comentarios.
Si fuera el Año Internacional del Ahorro de Recursos Naturales me sería más fácil promover la agenda de la ecofisiología vegetal como la mejor herramienta para salvar al mundo. Y es que la agricultura es el mayor consumidor de agua. Esto se debe a que los diferentes procesos involucrados (la extracción, el transporte, el riego y su uso por las plantas que eventualmente nos comemos) son muy ineficientes y siempre se desperdicia mucha más agua que la que en realidad se aprovecha. Pero esto da para mucho texto y será tema de otras entregas de Ecolibrios.
Los temas del agua y del saneamiento saneamiento juntos traen a la mente ese canal de perros muertos que corre a lo largo del Blvd. Solidaridad. En noviembre pasado voté de mala gana, de tan chafas que estuvieron los candidatos y sus propuestas. En lugar de megavialidades que atraviesen conocidas fallas geológicas de Morelia o cibercafés dizque para pobres ¡donde de todas formas van a cobrar!, me habría encantado ver un plan para el saneamiento del Río Chiquito. Ese podría ser un paseo muy bonito para los fines de semana y una zona comercial muy agradable para ir a pie. Pero, considerando el estado del río, sería muy interesante conocer la geografía local de enfermedades por enterobacterias y contrastarla con los patrones del viento. Pero mejor unámonos a los regocijos estatales y municipales por la entrada de nuevos funcionarios y autoridades y esperemos que se les prenda el foco.
Como estamos de vacaciones, mejor pasemos a un tema más alegre. Hace como cuatro años en la temporada inaugural del programa Bullshit! del canal Showtime, los anfitriones Penn y Teller tocaron el tema del agua embotellada, una industria que genera más de 4,000 millones de dólares en Estados Unidos nada más. En ese país la calidad del agua embotellada la vigila la dependencia de gobierno encargada de la comida y las medicinas (FDA, por sus siglas en inglés). En cambio, la calidad del agua de la llave (que le cuesta al consumidor como 100 veces menos) la vigila la dependencia encargada de la protección ambiental (EPA). Las normas que vigila la FDA son más bien estándares establecidos por la industria del agua embotellada, las cuales son violadas todo el tiempo. Además existe un vacío en la legislación que permite que el agua que se embotella en cierto estado, pueda ser vendida en el mismo estado sin pasar por una inspección. En cambio, el agua de la llave, vigilada por la EPA, recibe mucha atención y tiene estándares de calidad muy estrictos.
Lo más interesante del mencionado programa fue un experimento no-científico que hicieron en un restorán para gente acaudalada de una ciudad del sur de California. Disfrazaron a un actor de experto en aguas embotelladas del restorán, quien iba y le vendía marcas exclusivas a los clientes que se dejaran. Las marcas iban desde Mount Fuji y Amazon (su lema era “Agua de lluvia del Amazonas” y la botella contenía una araña ahogada a la que el actor atribuía supuestas propiedades medicinales), hasta L'eau du Robinet (“agua de la llave” en francés) y Agua de Culo (creo que no necesita explicación, pero el nombre es muy pertinente para la celebración del saneamiento del agua). Pero todas esas botellas fueron llenadas en el jardín del restorán con agua de la misma llave. Los clientes dijeron que estaban buenísimas las aguas, cuyo precio podía alcanzar más de cinco dólares por botella.
Una de las conclusiones importantes de ese programa fue que el negocio del agua embotellada es buenísimo para las industrias. Por ejemplo, las grandes refresqueras nos venden más cara el agua que el refresco ya preparado. Eso es una estafa a la que se añade la agravante de que muchas de esas botellas vacías terminan tiradas por doquier. Aquí bastaría asomarse al Río Chiquito, por ejemplo.
En México, donde no siempre es recomendable consumir agua de la llave, la estafa del agua embotellada se magnifica porque somos clientes cautivos de estas compañías. Estuve buscando información sobre el estado del agua embotellada en nuestro país pero, aunque estamos en días de penitencia, siento que no he pecado lo suficiente como para merecerme leer la legislación del sector. Sin embargo, encontré la reseña de un estudio de la PROFECO que concluyó que la calidad sanitaria del agua embotellada dejaba mucho que desear hace doce años y que, en todo caso, convenía más hervir el agua de la llave, la cual es 6,000% más barata.
Mientras esta hidrofílica columna toma un descanso para hidratarse, invitamos, como siempre, a los amables lectores a navegar hasta el blog en www.ecolibrios.com y, a manera de penitencia, vertir sus comentarios.
sábado 15 de marzo de 2008
¿El huevo o la paloma?
Según los calendarios litúrgicos de casi todas las religiones cristianas, esta semana será de penitencia y reflexión. Para quienes no tenemos cable, esto es especialmente cierto porque nuevamente estaremos sometidos a esas historias melosas con acento ibérico mal imitado y con fondo sonoro lleno de estática como de disco de acetato medio rayado. Y como si no fuera castigo suficiente el que nos quiten la entrega semanal de El Santo y Blue Demon (podrían pasar esa en la que combaten al malvado Conejo de Pascua), además de Marcelino, Pan y Vino y Ben-Hur, seguramente las televisoras transmitirán la película de Mel Gibson que hace que página de nota roja parezca las caricaturas dominicales. [A ver, por qué no mejor pasan The Last Temptation of Christ de Scorsese, Life of Brian de Monty Python, o ya de perdida, Dogma de Kevin Smith.]
De todas formas, como la tele se ve re-mal en mi casa, creo que más bien me voy a poner a leer. Los libros del neurólogo Andrew Newberg suenan especialmente pertinentes para estas fechas de guardar. Newberg, profesor asociado de la Universidad de Pensilvania, es experto en técnicas de mapeo de la actividad del cerebro. Su investigación científica se ha concentrado en el estudio del envejecimiento y de pacientes con demencia. Pero también ha estudiado la actividad cerebral en usuarios de terapias alternativas, como la acupuntura, y durante experiencias místico-religiosas, tema que le ha dado cierto estatus de celebridad y que actualmente recibe la mayor parte de su tiempo.
Newberg y colaboradores han medido la actividad cerebral de personas entrenadas para alcanzar estados comparables con la meditación profunda. Por ejemplo, en un estudio del 2001, publicado en Psychiatry Research – Neuroimaging, estos investigadores reclutaron a ocho budistas tibetanos muy experimentados en meditación. Tras hacer un escaneo inicial, dejaron que los budistas meditaran durante una hora. Después de dejar que los sujetos iniciaran su meditación durante 20 minutos, los investigadores les midieron la actividad cerebral durante media hora y les dieron 10 minutos más para que terminaran de hacer sus cosas. (Como trabajo con plantas, siempre me da miedo el tema de los sujetos humanos. Por alguna razón se me vienen a la mente imágenes de los investigadores muy similares a esa escena del El Silencio de los Inocentes cuando el villano tiene a la hija de la senadora en un pozo y, después de bajar la canastita con una cuerda, le sale con que “it rubs the lotion on its skin”.)
Encontraron actividad cerebral aumentada en regiones asociadas con la concentración y con el raciocinio. Esto es muy interesante porque estos investigadores han encontrado patrones de actividad cerebral similares en gente religiosa sin importar si se trata de monjas franciscanas en oración contemplativa o los ya mencionados budistas tibetanos. En sus tres libros de divulgación—The Mistical Mind: Probing the Biology of Religious Experience (1999), Why God Won’t Go Away: Brain Science and the Biology of Belief (2001) y Why We Believe What We Believe: Uncovering Our Biological Need for Meaning, Spirituality, and Truth (2006)—Newberg resume el conocimiento que se tiene en la actualidad sobre cómo percibe el cerebro las experiencias religiosas.
En una entrevista publicada en el 2001, cuando acababa de salir su segundo libro, el reportero cuestionó a Newberg, que a raíz de sus investigaciones habría dos explicaciones plausibles, “entonces, por favor aclare si dios es un invento del cerebro o si el cerebro está diseñado para captar a dios” A lo que el científico contesto que “Sí”. O sea que la demostración científica de su existencia, aunque se haya movido al terreno de las neurociencias, sigue todavía en la etapa de que “lo que sin pruebas se afirma, sin pruebas se niega” o como habríamos dicho la semana pasada, quod gratis affirmatur, gratis negatur. En mi opinión, esto es análogo a esa teoría sobre el origen extraterrestre de la vida, que le saca la vuelta al tema y nomás mueve la pregunta original hacia otros confines del universo.
Algo en lo que coinciden todos los sujetos de estudio involucrados es que cuando alcanzan sus estados místicos pierden la percepción del “yo” como algo discreto y distinto. Reportan que sienten como que se vuelven parte de un todo y, en algunos casos, perciben el estado no contemplativo como menos real que el otro. (¡Móchense!, dirían algunos.) Aparentemente, esto les pasa a los bebés. Al principio no distinguen entre ellos y los alrededores ya que la noción del “yo” y del “otro” se adquiere conforme madura el cerebro. Ya después el tema del “yo” se vuelve primordial, como en los niños de siete años y en algunos adultos con síndrome de Asperger (muy frecuente en la academia).
Mientras esta columna termina de madurar sus planes vacacionales y espera a que lleguen los libros de Newberg que ordenó por internet, invitamos a los lectores a visitar el blog en www.ecolibrios.com, para que compartan sus experiencias místicas o nos den su opinión sobre el dilema planteado por la investigación de Andrew Newberg sobre qué fue primero, el huevo (de pascua) o la paloma (del espíritu santo).
De todas formas, como la tele se ve re-mal en mi casa, creo que más bien me voy a poner a leer. Los libros del neurólogo Andrew Newberg suenan especialmente pertinentes para estas fechas de guardar. Newberg, profesor asociado de la Universidad de Pensilvania, es experto en técnicas de mapeo de la actividad del cerebro. Su investigación científica se ha concentrado en el estudio del envejecimiento y de pacientes con demencia. Pero también ha estudiado la actividad cerebral en usuarios de terapias alternativas, como la acupuntura, y durante experiencias místico-religiosas, tema que le ha dado cierto estatus de celebridad y que actualmente recibe la mayor parte de su tiempo.
Newberg y colaboradores han medido la actividad cerebral de personas entrenadas para alcanzar estados comparables con la meditación profunda. Por ejemplo, en un estudio del 2001, publicado en Psychiatry Research – Neuroimaging, estos investigadores reclutaron a ocho budistas tibetanos muy experimentados en meditación. Tras hacer un escaneo inicial, dejaron que los budistas meditaran durante una hora. Después de dejar que los sujetos iniciaran su meditación durante 20 minutos, los investigadores les midieron la actividad cerebral durante media hora y les dieron 10 minutos más para que terminaran de hacer sus cosas. (Como trabajo con plantas, siempre me da miedo el tema de los sujetos humanos. Por alguna razón se me vienen a la mente imágenes de los investigadores muy similares a esa escena del El Silencio de los Inocentes cuando el villano tiene a la hija de la senadora en un pozo y, después de bajar la canastita con una cuerda, le sale con que “it rubs the lotion on its skin”.)
Encontraron actividad cerebral aumentada en regiones asociadas con la concentración y con el raciocinio. Esto es muy interesante porque estos investigadores han encontrado patrones de actividad cerebral similares en gente religiosa sin importar si se trata de monjas franciscanas en oración contemplativa o los ya mencionados budistas tibetanos. En sus tres libros de divulgación—The Mistical Mind: Probing the Biology of Religious Experience (1999), Why God Won’t Go Away: Brain Science and the Biology of Belief (2001) y Why We Believe What We Believe: Uncovering Our Biological Need for Meaning, Spirituality, and Truth (2006)—Newberg resume el conocimiento que se tiene en la actualidad sobre cómo percibe el cerebro las experiencias religiosas.
En una entrevista publicada en el 2001, cuando acababa de salir su segundo libro, el reportero cuestionó a Newberg, que a raíz de sus investigaciones habría dos explicaciones plausibles, “entonces, por favor aclare si dios es un invento del cerebro o si el cerebro está diseñado para captar a dios” A lo que el científico contesto que “Sí”. O sea que la demostración científica de su existencia, aunque se haya movido al terreno de las neurociencias, sigue todavía en la etapa de que “lo que sin pruebas se afirma, sin pruebas se niega” o como habríamos dicho la semana pasada, quod gratis affirmatur, gratis negatur. En mi opinión, esto es análogo a esa teoría sobre el origen extraterrestre de la vida, que le saca la vuelta al tema y nomás mueve la pregunta original hacia otros confines del universo.
Algo en lo que coinciden todos los sujetos de estudio involucrados es que cuando alcanzan sus estados místicos pierden la percepción del “yo” como algo discreto y distinto. Reportan que sienten como que se vuelven parte de un todo y, en algunos casos, perciben el estado no contemplativo como menos real que el otro. (¡Móchense!, dirían algunos.) Aparentemente, esto les pasa a los bebés. Al principio no distinguen entre ellos y los alrededores ya que la noción del “yo” y del “otro” se adquiere conforme madura el cerebro. Ya después el tema del “yo” se vuelve primordial, como en los niños de siete años y en algunos adultos con síndrome de Asperger (muy frecuente en la academia).
Mientras esta columna termina de madurar sus planes vacacionales y espera a que lleguen los libros de Newberg que ordenó por internet, invitamos a los lectores a visitar el blog en www.ecolibrios.com, para que compartan sus experiencias místicas o nos den su opinión sobre el dilema planteado por la investigación de Andrew Newberg sobre qué fue primero, el huevo (de pascua) o la paloma (del espíritu santo).
sábado 8 de marzo de 2008
De panzas prietas y lenguas francas
Este año es el 230° aniversario del fallecimiento de Carl von Linné, el padre de la taxonomía, mejor conocido en la literatura académica como Carolus Linæus o, simplemente, Linneo. Su obra Sistema Naturae, publicada en 1735, es la base de la clasificación de los seres vivos, aún en nuestros días.
Pero, ¿qué hay detrás de un nombre científico? El latín era la lingua franca de la ciencia en los tiempos de Linneo (recientemente descubrí usos vestigiales del idioma en algunas iglesias guanajuatenses), por lo que la usó para describir a las especies. Es más, aún en la actualidad, cuando los botánicos encuentran una nueva especie, el artículo en el que la presentan en (su) sociedad (científica) debe llevar una descripción del bicho escrita en latín.
El nombre científico de una especie tiene dos componentes. El primero es el género, al cual pertenecen varias especies muy relacionadas. Éste tiende a ser un sustantivo y su inicial se escribe con mayúscula. El segundo componente es el llamado epíteto específico. Generalmente se trata de un adjetivo que califica al género y se escribe con minúsculas. Por ejemplo, la semana pasada hablamos de los piojos de Homo sapiens. En el caso de nuestra especie, el género (Homo) es el sustantivo latino para “humano”. Mientras que el epíteto específico (sapiens) se refiere a que es “sabio”. Dice el doctor Juan Luis Cifuentes Lemus, biólogo extraordinario y fundador de muchas de las escuelas de biología en nuestro país, que siendo honestos deberíamos llamarnos Homo tarugus, considerando el estado de deterioro en el que tenemos al planeta. De cualquier forma, el epíteto específico nos permite distinguir entre nuestra especie y los parientes cercanos como el Homo erectus (“erecto”, pero no en referencia al consumo de citrato de sildenafil) o el Homo ergaster (“trabajador”).
Uno debe referirse a una especie por su nombre científico completo. Sin embargo, se puede usar el género solo cuando se refiere colectivamente a varias de las especies que lo conforman. Por su parte, el epíteto específico no tiene sentido por sí mismo. Por ejemplo, la mosca de la fruta, que es la mártir de la genética, se llama Drosophila melanogaster. Y en nuestro país hay una culebra de agua que se llama Thamnophis melanogaster. El epíteto específico compartido, simplemente se refiere a que la especie en cuestión tiene la panza prieta.
La necedad de botánicos y zoólogos de escribir los nombres científicos con letra cursiva no es gratuita. Esta costumbre nos ha sido impuesta por los editores de los diversos medios impresos que utilizamos, quienes esgrimen cuanto manual de estilo tienen a la mano. La etiqueta indica que las palabras en lengua extranjera, como es el caso del latín, deben tener un estilo diferente que el resto del texto. De hecho, cuando empecé el doctorado, hace no tanto tiempo (al final del apogeo del Word Perfect 5.1), la mayoría de las revistas científicas todavía pedían que las palabras en cursiva más bien se subrayaran para facilitar la composición (¡a mano!) de las galeras. En aquellos tiempos, todavía se enviaban los manuscritos por correo. Antes de que me tiren carrilla los lectores más jóvenes, déjenme aclarar que nunca me tocó preparar manuscritos a máquina. No quiero ni pensar la pesadilla que habría sido hacer correcciones en la introducción y, como consecuencia, tener que mecanografiar de nuevo todo el manuscrito.
El lenguaje de la ciencia ha cambiado a lo largo de la historia. Dichos cambios han respondido, entre otros factores, a la influencia que tiene cierta lengua en cierta área del conocimiento. Por ejemplo, en el caso de la botánica después del latín se utilizó mucho el francés y después el alemán. En ese sentido, me tocó leer algunos trabajos clásicos en dicha lengua que habían sido publicados a principios del siglo XX (aquí “leer” se refiere a la acepción de Jorge Cham). En la actualidad la lingua franca para la ciencia es el inglés. Más allá de nacionalismos y de presiones ejercidas por los sistemas de evaluación de la ciencia en México, creo que es positiva la anglo-dominancia de la literatura científica. Por lo menos, desde un punto de vista práctico. Utilizando dicha lengua puedo leer (que no “leer”) los trabajos de los colegas del norte de África y el sureste asiático, quienes enfrentan problemáticas similares a las de nuestro país. Si cada quien publicara en su lengua, exclusivamente, estaríamos perdiéndonos de conocimiento muy valioso.
Como siempre, nos despedimos invitando a los lectores a visitar el blog de esta latinizada columna, en www.ecolibrios.com, y a dejar sus epítetos sobre la entrega de esta semana en la lengua franca de su preferencia.
Pero, ¿qué hay detrás de un nombre científico? El latín era la lingua franca de la ciencia en los tiempos de Linneo (recientemente descubrí usos vestigiales del idioma en algunas iglesias guanajuatenses), por lo que la usó para describir a las especies. Es más, aún en la actualidad, cuando los botánicos encuentran una nueva especie, el artículo en el que la presentan en (su) sociedad (científica) debe llevar una descripción del bicho escrita en latín.
El nombre científico de una especie tiene dos componentes. El primero es el género, al cual pertenecen varias especies muy relacionadas. Éste tiende a ser un sustantivo y su inicial se escribe con mayúscula. El segundo componente es el llamado epíteto específico. Generalmente se trata de un adjetivo que califica al género y se escribe con minúsculas. Por ejemplo, la semana pasada hablamos de los piojos de Homo sapiens. En el caso de nuestra especie, el género (Homo) es el sustantivo latino para “humano”. Mientras que el epíteto específico (sapiens) se refiere a que es “sabio”. Dice el doctor Juan Luis Cifuentes Lemus, biólogo extraordinario y fundador de muchas de las escuelas de biología en nuestro país, que siendo honestos deberíamos llamarnos Homo tarugus, considerando el estado de deterioro en el que tenemos al planeta. De cualquier forma, el epíteto específico nos permite distinguir entre nuestra especie y los parientes cercanos como el Homo erectus (“erecto”, pero no en referencia al consumo de citrato de sildenafil) o el Homo ergaster (“trabajador”).
Uno debe referirse a una especie por su nombre científico completo. Sin embargo, se puede usar el género solo cuando se refiere colectivamente a varias de las especies que lo conforman. Por su parte, el epíteto específico no tiene sentido por sí mismo. Por ejemplo, la mosca de la fruta, que es la mártir de la genética, se llama Drosophila melanogaster. Y en nuestro país hay una culebra de agua que se llama Thamnophis melanogaster. El epíteto específico compartido, simplemente se refiere a que la especie en cuestión tiene la panza prieta.
La necedad de botánicos y zoólogos de escribir los nombres científicos con letra cursiva no es gratuita. Esta costumbre nos ha sido impuesta por los editores de los diversos medios impresos que utilizamos, quienes esgrimen cuanto manual de estilo tienen a la mano. La etiqueta indica que las palabras en lengua extranjera, como es el caso del latín, deben tener un estilo diferente que el resto del texto. De hecho, cuando empecé el doctorado, hace no tanto tiempo (al final del apogeo del Word Perfect 5.1), la mayoría de las revistas científicas todavía pedían que las palabras en cursiva más bien se subrayaran para facilitar la composición (¡a mano!) de las galeras. En aquellos tiempos, todavía se enviaban los manuscritos por correo. Antes de que me tiren carrilla los lectores más jóvenes, déjenme aclarar que nunca me tocó preparar manuscritos a máquina. No quiero ni pensar la pesadilla que habría sido hacer correcciones en la introducción y, como consecuencia, tener que mecanografiar de nuevo todo el manuscrito.
El lenguaje de la ciencia ha cambiado a lo largo de la historia. Dichos cambios han respondido, entre otros factores, a la influencia que tiene cierta lengua en cierta área del conocimiento. Por ejemplo, en el caso de la botánica después del latín se utilizó mucho el francés y después el alemán. En ese sentido, me tocó leer algunos trabajos clásicos en dicha lengua que habían sido publicados a principios del siglo XX (aquí “leer” se refiere a la acepción de Jorge Cham). En la actualidad la lingua franca para la ciencia es el inglés. Más allá de nacionalismos y de presiones ejercidas por los sistemas de evaluación de la ciencia en México, creo que es positiva la anglo-dominancia de la literatura científica. Por lo menos, desde un punto de vista práctico. Utilizando dicha lengua puedo leer (que no “leer”) los trabajos de los colegas del norte de África y el sureste asiático, quienes enfrentan problemáticas similares a las de nuestro país. Si cada quien publicara en su lengua, exclusivamente, estaríamos perdiéndonos de conocimiento muy valioso.
Como siempre, nos despedimos invitando a los lectores a visitar el blog de esta latinizada columna, en www.ecolibrios.com, y a dejar sus epítetos sobre la entrega de esta semana en la lengua franca de su preferencia.
sábado 1 de marzo de 2008
Ciencia de pelos
Hoy escribo esperando turno en la peluquería. La alternativa de regresarme al tráfico moreliano de jueves a las 6 de la tarde no era deseable y mejor me quedé viendo cómo le terminan de envolver con papelitos metálicos la masa capilar a una señora que está a medio proceso de hacerse rayitos o algo por el estilo. La escena me recordó a esos cascos de papel aluminio que usan los nerds de Estados Unidos para que los marcianos o el gobierno de su país no puedan leerles la mente y lavarles el cerebro. En este sentido, un grupo de estudiantes del MIT ya demostró que el papel aluminio más bien aumenta la vulnerabilidad al espionaje telepático.
El color (natural) del pelo y de la piel se debe a células especializadas llamadas melanocitos. Estas células, como su nombre lo indica, producen el pigmento llamado melanina. De hecho, la melanina existe en diversos grupos de seres vivos, incluyendo a algunos microbios. En términos del color del pelo, los colores negro, café y amarillo están dados por una variante de la melanina llamada eumelanina. Por su parte, los colores rojos están dados por otra variante llamada feomelanina. De hecho, la piel de las mujeres tiende a ser más roja que la de los hombres debido a que su contenido de feomelanina es mayor.
Y hablando del pelo, algo que no alcancé a discutir la semana pasada fue la creencia de que crece más rápido si te lo cortas durante la luna llena. La literatura académica no dice mucho en ese sentido, por lo que sería interesante reclutar voluntarios de alguna escuela de belleza para hacer el experimento. De hecho, el único artículo que encontré sobre la luna y el pelo —- o más bien, sobre la luna y el color del pelo —- fue uno que exploró una superstición de que cuando a los niños pelirrojos les quitan las amígdalas en viernes 13 o durante la luna llena, presentan más complicaciones por hemorragia. Así, investigadores del Hospital Infantil de la Universidad Temple de Filadelfia, revisaron todos los expedientes de tonsilectomías practicadas durante un periodo de 29 meses. Cuando encontraban un expediente de re-ingreso al hospital por hemorragia, llamaban a los padres para preguntarles el color del pelo del niño.
De los cerca de 600 niños que fueron operados durante el estudio, sólo 28 regresaron con sangrado al hospital. Y solamente cuatro de ellos eran pelirrojos. Con esa muestra tan pequeña de niños pelirrojos, y después de un sesudo análisis estadístico, los investigadores concluyeron que da lo mismo si la cirugía ocurre en viernes 13 o en cualquier otro viernes y que durante la luna llena o durante cualquier fase lunar. En general, encontraron que los niños pelirrojos sangran igual que cualquier otro. La población de pelirrojos debe ser numerosa en Filadelfia, de otra manera me cuesta trabajo entender la motivación de estudiar esta superstición en el hospital universitario.
Ya entrados en supersticiones urbanas, el otro día que discutíamos con unos amigos sobre las clases de catecismo y las escuelas de monjas, surgió el tema de los piojos. Seguramente el lector conocerá a alguien que conoce a alguien que supo de alguna víctima de esas infestaciones de piojos que ocurren hasta en los colegios más devotos. Pues bien. Los piojos son considerados por la Secretaría de Salud como pestes de interés para la salud pública, al grado de incluirlos en la norma oficial para la vigilancia epidemiológica, porque pueden transmitir el tifus.
Sin embargo, estos insectos originalmente clasificados por Linneo también tienen su corazoncito; y su utilidad. Resulta que el estudio molecular de los piojos ha ayudado al avance de nuestros conocimientos sobre la biología evolutiva de los humanos, como lo sugiere un estudio del 2004 publicado en la revista PLOS Biology. En dicho trabajo, investigadores encabezados por el Dr. David Reed, del museo de Historia Natural de Florida, encontraron pruebas moleculares de dos linajes de piojos de la especie Pediculus humanus que se separaron hace 1.18 millones de años. Un linaje se fue con una rama de homínido ya extinta y el otro con la rama que eventualmente daría origen al Homo sapiens. ¡Pero nuestra especie apenas apareció hace 200,000 años! De manera que, la única forma posible de que ambos piojos habiten nuestro cuerpo es que Homo sapiens haya tenido contacto con los parientes lejanos, es decir un Homo arcáico. Valdría la pena consultar la opinión de los antropólogos sobre la naturaleza de dicho contacto y sobre la identidad del pariente lejano que bien podría llamarse Homo piojosus.
Hoy no alcanzamos a hablar sobre la alopecia, especialmente sobre su variante androgenética. No vaya usted a pensar que el tema me incomoda o me pone nervioso. ¡Nada de eso! El tema se nos queda en el tintero porque ya sigue mi turno de pasar al sillón. Mientras me dan punta, invitamos a los lectores a visitar y dejar sus opiniones en el blog de esta pilosa columna, que esperamos no termine piojosa ni trasquilada.
El color (natural) del pelo y de la piel se debe a células especializadas llamadas melanocitos. Estas células, como su nombre lo indica, producen el pigmento llamado melanina. De hecho, la melanina existe en diversos grupos de seres vivos, incluyendo a algunos microbios. En términos del color del pelo, los colores negro, café y amarillo están dados por una variante de la melanina llamada eumelanina. Por su parte, los colores rojos están dados por otra variante llamada feomelanina. De hecho, la piel de las mujeres tiende a ser más roja que la de los hombres debido a que su contenido de feomelanina es mayor.
Y hablando del pelo, algo que no alcancé a discutir la semana pasada fue la creencia de que crece más rápido si te lo cortas durante la luna llena. La literatura académica no dice mucho en ese sentido, por lo que sería interesante reclutar voluntarios de alguna escuela de belleza para hacer el experimento. De hecho, el único artículo que encontré sobre la luna y el pelo —- o más bien, sobre la luna y el color del pelo —- fue uno que exploró una superstición de que cuando a los niños pelirrojos les quitan las amígdalas en viernes 13 o durante la luna llena, presentan más complicaciones por hemorragia. Así, investigadores del Hospital Infantil de la Universidad Temple de Filadelfia, revisaron todos los expedientes de tonsilectomías practicadas durante un periodo de 29 meses. Cuando encontraban un expediente de re-ingreso al hospital por hemorragia, llamaban a los padres para preguntarles el color del pelo del niño.
De los cerca de 600 niños que fueron operados durante el estudio, sólo 28 regresaron con sangrado al hospital. Y solamente cuatro de ellos eran pelirrojos. Con esa muestra tan pequeña de niños pelirrojos, y después de un sesudo análisis estadístico, los investigadores concluyeron que da lo mismo si la cirugía ocurre en viernes 13 o en cualquier otro viernes y que durante la luna llena o durante cualquier fase lunar. En general, encontraron que los niños pelirrojos sangran igual que cualquier otro. La población de pelirrojos debe ser numerosa en Filadelfia, de otra manera me cuesta trabajo entender la motivación de estudiar esta superstición en el hospital universitario.
Ya entrados en supersticiones urbanas, el otro día que discutíamos con unos amigos sobre las clases de catecismo y las escuelas de monjas, surgió el tema de los piojos. Seguramente el lector conocerá a alguien que conoce a alguien que supo de alguna víctima de esas infestaciones de piojos que ocurren hasta en los colegios más devotos. Pues bien. Los piojos son considerados por la Secretaría de Salud como pestes de interés para la salud pública, al grado de incluirlos en la norma oficial para la vigilancia epidemiológica, porque pueden transmitir el tifus.
Sin embargo, estos insectos originalmente clasificados por Linneo también tienen su corazoncito; y su utilidad. Resulta que el estudio molecular de los piojos ha ayudado al avance de nuestros conocimientos sobre la biología evolutiva de los humanos, como lo sugiere un estudio del 2004 publicado en la revista PLOS Biology. En dicho trabajo, investigadores encabezados por el Dr. David Reed, del museo de Historia Natural de Florida, encontraron pruebas moleculares de dos linajes de piojos de la especie Pediculus humanus que se separaron hace 1.18 millones de años. Un linaje se fue con una rama de homínido ya extinta y el otro con la rama que eventualmente daría origen al Homo sapiens. ¡Pero nuestra especie apenas apareció hace 200,000 años! De manera que, la única forma posible de que ambos piojos habiten nuestro cuerpo es que Homo sapiens haya tenido contacto con los parientes lejanos, es decir un Homo arcáico. Valdría la pena consultar la opinión de los antropólogos sobre la naturaleza de dicho contacto y sobre la identidad del pariente lejano que bien podría llamarse Homo piojosus.
Hoy no alcanzamos a hablar sobre la alopecia, especialmente sobre su variante androgenética. No vaya usted a pensar que el tema me incomoda o me pone nervioso. ¡Nada de eso! El tema se nos queda en el tintero porque ya sigue mi turno de pasar al sillón. Mientras me dan punta, invitamos a los lectores a visitar y dejar sus opiniones en el blog de esta pilosa columna, que esperamos no termine piojosa ni trasquilada.
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