sábado 23 de febrero de 2008

total eclipse lunar
(leer con la melodía de la canción de Bonnie Tyler)

Entre el eclipse del miércoles en la noche y el cambio de fase (se puso llena) del jueves, la luna estuvo bien ocupada esta semana.

Además de proporcionar espectáculos astronómicos, la luna influye de distintas formas en la tierra. Por ejemplo, las mareas resultan de la acción conjunta de los campos gravitatorios de la luna y el sol. Si bien estos movimientos oscilatorios de los cuerpos de agua se repiten cada día o hasta dos veces en un día, la diferencia del nivel del mar entre la marea más baja y la más alta depende de las fases de la luna. Baste recordar que el propio Presidente Calderón atribuyó la inundación de Villahermosa a la luna llena.

Otros animales, como el pez endémico del sur de California, Leuresthes tenuis, también aprovechan la influencia de la luna en la amplitud de las mareas. Durante su periodo reproductivo, estos peces nadan hacia la playa para desovar en la noche. Unos diez días después, cuando la marea vuelve a alcanzar los niveles máximos, eclosionan los huevos y los alevines pueden nadar de regreso al mar.

Pero una cosa son las mareas y otra cosa es la influencia directa de la luna en, por ejemplo, la fisiología o el comportamiento de los organismos. Creo que quienes han estudiado mejor dicha influencia son los biólogos marinos. Por ejemplo, saben bien que el desove y la liberación de larvas en diferentes especies de corales están sincronizados con la luna llena. Específicamente, para el coral verde del Mar Rojo, Stylofora pistillata, un grupo de investigadores de la Universidad Bar-Ilan de Israel, encontró que la liberación de plánulas (así le dicen a las larvas móviles de los corales, que pueden dispersarse para colonizar nuevos sitios) es máxima en el sexto día después de la entrada de la luna llena.

Así pues, parece que el aumento de la actividad biológica de algunos organismos durante la luna llena se debe a la luz que el satélite refleja hacia la tierra. Además de los corales ya mencionados, podríamos poner el ejemplo de los monos nocturnos del género Aotus, cuya actividad dura toda la noche durante la luna llena y el cuarto menguante, mientras que se restringe al anochecer y al alba en los periodos de luna nueva y cuarto creciente. Los primatólogos también han observado un aumento de actividades nocturnas de orangutanes y chimpancés durante la luna llena.

Pero si el ciclo de la luna afecta a diversos animales, incluyendo a nuestros parientes más cercanos, ¿tiene algún efecto en el comportamiento de los seres humanos? En un artículo publicado en la revista Salud Mental del Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente (INPRF), un grupo de investigadores, encabezados por el Dr. Jairo Muñoz, revisaron la literatura académica sobre los efectos del ciclo lunar en el comportamiento de la gente. Estos investigadores concluyeron que la evidencia científica disponible es controversial (esto, en dialecto científico, significa que algunos estudios dicen que hay efecto, otros que no, pero la mayoría que quién sabe), como lo ilustra un estudio de pacientes psiquiátricos en el que al aplicar cierto análisis estadístico se encontró que el comportamiento anormal se presentaba durante la luna llena y el cuarto menguante; pero al utilizar un análisis distinto al mismo conjunto de datos, resultaba que el comportamiento anormal era más frecuente en la luna nueva y el cuarto creciente.

Algunos datos interesantes, que deben tomarse con cautela, que fueron reseñados en el mencionado artículo de Salud Mental son, que la cantidad de comida que ingiere la gente parece estar sincronizada con el ciclo lunar y que el consumo de alcohol disminuye durante la luna llena. También que los episodios de insomnio en personas de edad avanzada tienden a ser más frecuentes durante la luna nueva.

A pesar de que no hay evidencias contundentes sobre los efectos de la luna en la fisiología o el comportamiento de los humanos, no debemos soslayar su importancia cultural. En este sentido, la luna ha inspirado las creaciones de numerosos artistas a lo largo de la historia y diversas culturas basaban su calendario en los ciclos de la luna. Contrastando con las ciudades donde el alumbrado público domina el ambiente luminoso nocturno, en poblaciones rurales quizás sea más importante la influencia de la luna. A final de cuentas, solo durante los periodos cercanos a la luna llena hay iluminación nocturna.

Aquí concluyo invitando a los lectores a visitar el blog de esta lunática columna, en www.ecolibrios.com, y a compartir sus impresiones sobre el eclipse y sus relatos sobre cómo les afecta la luna llena.

sábado 16 de febrero de 2008

La verdadera historia de las abejas

El fin de semana pasado por fin vi esa película animada sobre la historia de las abejas. La verdad es que no me gustó

La historia está llena de inexactitudes. Para empezar, las abejas no saben hablar inglés (o español, si como yo, vieron la versión doblada por Jaime Camil). Una historia más plausible habría sido una historia de puros zumbidos, como en la escena del juicio. O más bien de puros bailes, porque las abejas exploradoras les indican a las compañeras hacia dónde deben volar mediante una peculiar danza.

Otro problema, es que, según esto, las abejas de Central Park viven en familias compuestas por padre, madre e hijo. De hecho, la mayoría de los personajes importantes de la historia son machos. En la vida real, la mayoría de los habitantes de una colmena son las obreras (hembras). De manera que las voces de la película original las pudieron haber prestado Ellen DeGeneres, para la heroína, y Rosie O'Donnel y, recientemente, Jodie Foster, para las madres. Pero mejor pospongamos este tema hasta que la nueva legislatura Michoacana presente su iniciativa de ley sobre las sociedades de convivencia y regresemos al tema de las abejas.

En una colmena solamente hay un macho por cada 50 a 70 hembras. Dichos machos no participan en la recolección de néctar/polen y son expulsados de la colmena una vez que terminaron de prestar servicios sexuales a la reina. Es más, el nombre técnico para una abeja macho es el de “zángano”. Seguramente los lectores recordarán a más de algún conocido que utiliza con frecuencia el “A ver, mi reina...”.

Algo que me llamó la atención de la película fueron las repetidas menciones de que las abejas no deberían de ser capaces de volar, como si fuera un conocimiento del dominio público bastante obvio. En este sentido, efectivamente, según cálculos publicados en 1934 por los entomólogos franceses, August Magnan y André Sainte-Lague, la mecánica de fluídos indica que las abejas no pueden volar.

Para explicar dicha aseveración, repasemos cómo vuelan los aviones. Si vemos un corte perpendicular del ala de un avión, veremos que más o menos tiene forma de “D” acostada con la parte plana del lado del piso. Cuando un objeto de esa geometría se mueve por el aire, como la longitud del arco es mayor que la de la parte plana, el aire debe moverse más rápido alrededor de aquella. El resultado es que se genera un vacío (o, más formalmente, la presión en la parte superior del ala es menor que la presión en la parte inferior) que, actuando en contra de la atracción gravitatoria, empuja al ala, junto con el avión que trae pegado, hacia arriba. A mayor velocidad (los aviones se desplazan a velocidades de 500 a 900 km/h), mayor se vuelve dicha diferencia de presión y el avión se puede mantener en el aire sin problemas.

Regresando a las abejas, debido a que sus alas son cortas y planas, la fuerza boyante generada por la geometría de sus alas no debería ser capaz de sostener su masa corporal en el aire.

¡Pero las abejas vuelan!

En el año 2005, el grupo del profesor Michael Dickinson del Instituto Tecnológico de California, reportó los resultados de sus estudios de fotografía de alta velocidad y de un ala robótica. En particular, encontraron que el vuelo de las abejas es sustancialmente diferente al de otros insectos voladores. Por ejemplo, la teoría dice que entre más grandes sean las alas de los insectos, más lento debería ser su aleteo. Pero las abejas agitan sus alas unas 230 veces cada segundo, ligeramente más rápido que un mosquito cuyas alas son mucho más pequeñas. Esta elevada frecuencia de aleteo, combinada con la trayecoria que siguen las alas, es responsable del vuelo de las abejas. De hecho, los investigadores concluyeron que el vuelo de las abejas está diseñado para poder soportar cargas adicionales al peso del animal (por ejemplo, el polen y néctar recién colectados). (Aunque cabe hacer mención de que otra explicación que presentaron los autores sobre sus hallazgos era que la forma de vuelo de las abejas, más bien se debe a una adaptación para compensar limitaciones fisiológicas de sus músculos de las alas).

El único elemento rescatable de la película creo que es el llamado de atención sobre la importancia de los polinizadores para el mantenimiento de la vida en la tierra. Según me comentó un compañero en el trabajo, en EEUU tienen ahora una crisis de polinizadores. Pero de ahí a que se puedan polinizar las planta de Central Park con las flores del desfile de las rosas (y que milagrosa e instantáneamente revivan las plantas con el simple contacto con el polen) hay una gran distancia.

Mientras voy a prepararme un té con miel de abeja (aprovechando que las cortes neoyorquinas no tienen jurisdicción en Morelia), invito a los lectores a visitar en www.ecolibrios.com el blog de esta melífera columna para que nos compartan sus impresiones de la película, sobre la última vez que los persiguió un enjambre de abejas o sobre cuál es su polinizador favorito.